Si algo debemos reconocer en Alberto Fujimori, es su don de reubicuidad de la política. Como todo ciudadano que cree en la democracia me gustaría verlo sentado en un juzgado de Perú, y aún más, cumpliendo una severa condena por los delitos cometidos. Pero esa puede ser una aspiración todavía lejana si analizamos friamente los últimos acontecimientos, particularmente aquel que lo pone con un pie
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